En este nuevo capítulo de Memorias de Benínar entrevisto a Paco Ramón Maldonado Ruiz, al que todos conocemos como Paco “el de Doloricas”.
Hoy nos abre sus recuerdos para
compartirlos y rellenar ese vacío infinito en la memoria que nos dejó la
desaparición de Benínar. Las palabras se las lleva el viento, la memoria del
individuo desaparece con su muerte, sin embargo la escritura pervive y dentro
de un par de generaciones, cuando no queden vivos que hubieran paseado por las
calles de Benínar, sólo lo escrito podrá explicar que allí, debajo se esas
aguas vivió un pueblo, con sus luces y sombras, defectos y virtudes, con una
historia en consonancia a su grandeza.
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| Paco con su mujer e hija en el Reino Unido |
Con una maleta de cartón llena de
libros Paco dejó su hogar para forjase un futuro lejos del arado. En Almería
estuvo residiendo en casa de mis abuelos. Fue Juan “el Ebanista” el que le
enseñó a usar la navaja para afeitarse, el que hizo de figura paterna en
aquella época. Después esa maleta le llevó a Barcelona… acabando finalmente en
Algeciras ejerciendo de profesor.
Fue en Granada, con motivo del
nacimiento de la asociación Plaza de Benínar cuando nuestros destinos se
cruzaron y esa amistad perdura en el tiempo. Con sus escritos en el blog El
Pabilos ha dado desahogo a sus recuerdos y los hemos podido disfrutar tal como
él los vivió.
La distancia que nos separa no ha sido
impedimento para entrevistarlo, las nuevas tecnologías han hecho este trabajo que
aquí os presento.
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| Abuela materna. Antonia Sánchez Sánchez "la Rubia" |
Paco, ¿Qué puedes contarme de tus padres
y abuelos?
Mi madre, Dolores, fue de las pocas benineras que pudo salir del pueblo para estudiar Magisterio a Almería. Conoció a unos cuantos amigos. No pudo terminar la carrera ya que se murió su madre y regresó al pueblo. Poco después se casó con mi padre y al quedar embarazada decidió que tenía que parir en la capital. Se fue a vivir a casa de una amiga que vivía en Pescadería (la calle que está por encima de la plaza y que yo visité unas cuantas veces). Allí nací. Cuando se enteró mi padre que tenía un hijo pidió prestada una bicicleta y se desplazó desde Benínar a Almería en tal medio.
No sé si vivió mi madre en Pescadería el
tiempo del embarazo, ni cuánto tiempo después de parir, ni en que medio se
desplazó mi madre para llegar a la capital... La de cosas que no me contó ni yo
le pregunté. Ahora el recuerdo me llena de nostalgia.
Me contaba mi padre que era un alumno
destacado en la escuela y que en una ocasión fue el maestro y el cura a la casa
de mis abuelos, realizándole a mi abuelo Ramón la siguiente propuesta:
“Su hijo Paco es uno
de los alumnos que sobresalen y por ello hemos decidido los dos preparar a tu
hijo para se vaya a estudiar a la universidad. Usted aporta lo que pueda que el
resto lo ponemos nosotros”.
“No puede ser – le
contesta mi abuelo Ramón después de pensar un rato – Tengo cinco hijos y que
los cinco estudien una carrera es imposible, por ello, o todos o ninguno”.
No sé qué pensarían las autoridades del
pueblo de aquella contestación, lo que ocurrió para el siguiente curso, es que
Paco no fue a la escuela. Se levantaba todos los días al amanecer y se marchaba
a cuidar unos chotos destetados que tenía mi abuelo Ramón en un corral que
había construido en una cueva en el Cejor. De trabajar en el campo y guardar
cabras, cuando cumplió apenas los veinte años se lo llevaron a la guerra y
cuando terminó, tuvo que estar tres años más haciendo la mili, que le tocó en
los territorios que en aquel tiempo tenía España en Marruecos.
Mis abuelos paternos fueron Mamanona y
Ramón, los recuerdo perfectamente y sobre todo a mi abuela que ya casado fuimos
a visitarla.
Los maternos fueron Doloricas
(Madolores) y Faustino (Papanino). De mi abuelo recuerdo recorrer el puente de
su mano para ir a ver a mis padres que estaban cogiendo aceituna en La Mecila.
Había gente en el pueblo que me llamaba
Gasparico, no entiendo ni conozco al tal Gaspar o si dicha persona pertenecía a
la familia de mi madre o de mi padre. Sé que uno de mis bisabuelos se llamaba
Carlos.
Mi hermano se llama Faustino.
¿Los mejores recuerdos de la infancia?
Tengo muchos y no sabría cómo calificarlos ni ordenarlos. El rio, la vega, las sombras, el viento, los animales, las amistades...
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| Paco con Juan Gutiérrez. Colección Juan Gutiérrez Ruiz |
¿Qué recuerdos tienes del colegio?
Mi maestro fue Don Salvador. Tuve también una maestra de Hirmes, amiga de mi madre, que me preparó para irme a estudiar a un colegio que había en la Plaza de la Catedral de Almería. Mi burra me acompañaba, con ocho años, de Benínar a Hirmes y algunas veces nos quedábamos a dormir en casa de “Los Rubios”.
Don Salvador era una persona muy cercana.
Recuerdo acercarme a él mucho más que a cualquiera de mis familiares.
Lo recuerdo viendo la televisión en el
bar de Joaquín, recién instalada la televisión en Benínar, el bar lleno de
gente y en un momento levantarse y gritar ¡blancas!, ¡son blancas!
Blancas eran las bragas de la bailarina
que salía en la televisión. La ropa íntima de una mujer se estaba viendo en
público. Aquello estaba fuera del contexto social de aquel pueblo alpujarreño.
¿Tus juegos de infancia?
Se jugaba a las caras en el Reducto, a la pelota vasca en la pared de la iglesia, tirar piedras con una honda o tirachinas, hacer bancales en la arena de la Ramblilla o en el rio, buscar nidos, poner cepos, tirarse en una “resbaleta” en cuclillas sobre un pie llevando una chumba para que facilitase el deslizamiento, coger insectos…
La de juegos que nos montábamos con una
cañavera (simular ir subido en un caballo, un arco para tirar flechas, coger
frutas fuera del alcance, tirar huesos de aceitunas con jopos, ponerla de techo
en la construcción de una casa...).
Creo que el primer balón que llega a
Benínar me lo traen los Reyes Magos a mí. No recuerdo el tiempo que me
duró. La primera muñeca que llega al pueblo fue como premio al vender un
determinado número de paquetes de pipas. Dicha muñeca la recuerdo estar encima
del aparador del piso donde vivían en La Gangosa mis padres.
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| Calle Real de Benínar. Colección Archivo de la Diputación de Almería |
¿Dónde vivías en Benínar?
En la calle Real. Para situarnos, en la parte norte de la casa estaba la Molineta, en la de arriba había un huerto de naranjos que había heredado mi tía Loreto de mi abuelo Papanino y en la parte de abajo vivía Guadalupe (que tenía de mote “la Cigarrera”).
Frente a mi casa vivía Angélicas “la Ciega”.
También coincidieron en una ocasión el
secretario del ayuntamiento cuando yo fui niño que tenía unas crías con quienes
jugaba, pero poco tiempo después tuve la suerte que llegasen Andrés “Perejil”,
su mujer Isabel y sus hijos Andrés y Antonio, el pequeño. Siempre estábamos
juntos Antonio y yo a pesar de la diferencia de años. Ahora cuando nos vemos
nos abrazamos y volvemos a aquella Benínar llena de misterio y cosas por
descubrir.
Mi casa estaba a un paso que se llamaba “Las
cuatro esquinas” donde coincidían las calles: Real, Ancha y la que iba a la Iglesia.
Mi casa tenía una de las mejores
distribuciones que había en el pueblo.
En la entrada había dos puertas, una
daba al dormitorio de mis padres y en la otra a la habitación donde murió mi abuelo
Papanino, donde después se puso la tienda.
Dos pasos más y entrabas al comedor que
tenía una puerta que daba a un dormitorio y otra a la cocina. De allí partían
unas escaleras para llegar a la primera planta.
El comedor también tenía otra puerta para
acceder al patio y de éste al huerto y la balsilla.
En el pueblo sólo había cuatro balsillas
que se llenaba de agua en el invierno, así teníamos agua para todo el año. En
aquella balsilla había una pila donde lavaba mi madre y sus amigas.
A un lado de aquel patio estaban donde
se criaban los cerdos y al otro extremo un corral donde dormía mi burra que
llamaba la “Tía Trina”. También había un borrego, una cabra y los conejos.
Entrando al huerto a la derecha estaba
el corral de las gallinas.
En la parte de arriba se encontraban
tres estancias, una donde dormíamos mi hermano y yo, otra donde estaban las
tinajas con el aceite, llena de cañas donde se colgaban las granadas, los
racimos de uva y todos los embutidos de la matanza. La otra habitación era
donde estaban los aperos del campo que tenía una puertecita por donde se podía
acceder al corral de la burra con unas escaleras endiabladas. A todo lo largo
de esta última habitación estaba el pajar.
Me contaron que pude haber nacido
prematuro si mi madre no hubiese estado acompañada de alguien con gran
templanza y sangre fría. Un día mi madre estaba lavando y apareció una gran
culebra a sus espaldas, quien la acompañaba la cogió por el hombro y la
convenció para que abandonase en aquellos momentos el lugar. Ella no vio la
culebra.
En aquel patio de la casa llegaba todos
los años un comercial de Berja que dejaba muchos toneles y sacos de sal.
Durante muchos años mis padres eran los que compraban las alcaparras y preparaban
la salmuera y a final de temporada se llevaban los toneles llenos de alcaparras
en salmuera.
La de historias y sueños por realizar
que quedaron en aquel patio al llegar su sueño que podía cumplirse con
aquellas alcaparras.
| Paco en los Moros y Cristianos |
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| Colección Sánchez-Ruiz Martín-Utrera. |
Las fiestas, los Moros y Cristianos.
Cuando alcancé la edad y tuve voz, me dieron el papel de rey cristiano, papel antes representado por mi abuelo Ramón y mi padre.
Recuerdo que todos los años acudía “Quico”
(Aurelio Maldonado Sánchez) con la banda de música a mi casa para recogerme,
nada más salir vestido de rey, en la puerta la banda tocaba el himno de España,
mientras Antonio, mi vecino, me había preparado el mulo para que yo me subiese
y llegase a la plaza para empezar la representación.
Cómo no recordar a mi director de escena,
a Paco Ruiz.
La representación eran momentos de gran
tensión, pero una vez terminados los Moros y Cristianos llegaba a la plaza y
disfrutaba a tope. Creo que fui uno de los primeros benineros que bailó suelto
un pasodoble, influenciado por los ritmos nuevos que nos enseñaba la televisión.
Las maestras del ritmo (en especial “la Corcusa”), la mazurca, el tango, el
blas…, los bailes antiguos que aprendieron fuera (¿Dónde los aprendieron y
quien la enseñó?) y yo tuve el honor que me lo enseñasen.
Aquellos tres días, eran días para
disfrutar de las amistades sentado en un kiosco tomando un helado de avellana
(sobre todo los que preparaba Antonio “el Sordo”) y por la noche bailar y
bailar hasta el amanecer.
Cómo olvidar la banda de música de Ugíjar.
Cómo olvidar los gigantes y cabezudos y
los globos con un algodón empapado en alcohol que soltaba Paco Ruiz que se
elevaban y elevaban hasta que desaparecían.
Y el día de “la Zorra”, que era cuando
acudía casi medio pueblo de Turón.
Cómo se comentaba cuando un zorrillo
entraba en una casa de la plaza.
Cómo sonaban aquellos cohetes que a la
mayoría de los animales domésticos les obligaba a esconderse. Cómo olvidar
cuando le explotó un cohete en la mano a Faustino el de “la Vegueta” que tenía
que mostrar las heridas a cada beninero que le preguntaba.
La de parejas que aprovechaban ese día
de la Zorra para llevarse a la novia, sobre todo los de Turón.
Tampoco llegué a comprender las razones
que argumentó el cura don Antonio para suspender las dos procesiones del día de
San Roque y del día de la Zorra porque una pareja se había pasado en apretones
y otras cosas, (como se comentaron) en mitad de la plaza.
Tampoco comprendía a aquellos hombres
(que no entendían que bailásemos, disfrutásemos con cada pieza de música) que
todas las fiestas se lo pasaban apoyados en la barandilla de la estatua de don
Eugenio tomando notas visuales para después criticar el comportamiento de unos
y otras.
Termino este recuerdo con el ir casi
toda la gente joven a Almería capital para comprarse lo que en las fiestas
estrenarían como vestimenta especial. No había problemas para lo que importase
aquella ropa, la costeaban las alcaparras.
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| Fotografía de Helio Quesada |
La emigración
De mi generación para adelante el tema de la emigración se contempla de otra forma.
Los padres que podían costear los
estudios a sus hijos los mandaban a la Escuela de Formación para que
aprendiesen un oficio y aquellos que no tenía recursos se marchaban al Seminario
para no terminar de cura, pero si con una carrera.
Recuerdo que en un verano gracias a la
intervención del hijo del “Ebanista” pude estar unos días en el campamento que
la Falange tenía en Aguadulce (Campamento Juan de Austria), allí había una
persona que intentaba convencernos para que estudiásemos aquello en lo que se
tenía vocación. En aquellos días me convencí que yo estudiaría la carrera de Medicina.
En mi familia me rompieron la vocación y dijeron que tener una especialidad
para incorporarme a la industria era lo mejor que podía hacer.
Todo estaba decidido para mi generación
y las posteriores, llegase o no llegase la construcción del pantano, o se iban
al Seminario o a la Escuela de Formación y el resto, a la Guardia Civil. Por
supuesto, en Benínar no había cuartel3 ni empresas para que trabajasen
ajustadores matriceros, electricistas… ni hospitales para médicos.
Una persona mayor que vivía a la entrada
del pueblo repetía continuamente: “¡Desertores del arado! Ese es vuestro futuro”,
les decía a los jóvenes que se encontraba.
Pero si es que la riada del 1973 nos dio
la razón a todos los jóvenes que ya habíamos decidido emigrar. ¡Más claro agua!
“San Roque nos ha mandado la señal de que no estamos equivocados, que tenemos
que emigrar”. Escuchaba a mi lado decir a los que me acompañaban cuando
contemplaba el agua que llevaba el rio a las cuatro de la mañana, que se veía
tan claro como en pleno día por los relámpagos. Tanto a los hombres como a las
mujeres lo de emigrar lo tenían bastante más claro. Clarísimo.
Hay temas que hoy se habla de ellos con
normalidad sin tener que ocultar nada de nada y hay otros como es el tema de la
emigración que en Benínar, hablar de ello, es como cuando al toro se le ponen
las banderillas, que el animal se llena de coraje e intenta centrase en el
capote que en esos momentos está en la plaza.
Conforme llegan los años y uno es cada
vez más mayor en cierta medida, piensa y razona aquellos razonamientos de la
mayoría de los benineros que se marcharon como emigrantes, muchos no volvieron
nunca y otros volvieron casi obligados por tener aún algún familiar en el
pueblo.
Como ya uno conoce tantas historias me
atrevo a decir que sólo llegaron con los bolsillos llenos de dinero aquellos
que se marcharon a hacer las Américas, porque del resto: ¿Qué fue de ellos?
¿Dónde viven? ¿Cómo viven? ¿En qué han destacado? ¿Les toco la lotería…?
Qué bares conociste y sus dueños.
El más destacado de todos, por supuesto, el que regentaba Antonio Campoy.
Puede que fuese la gota o la inmovilidad
de la vejez, que en sus últimos días llegaban los clientes y él, sentado en una
silla les decía que ellos mismos se sirviesen. Este bar, que tenía una buena
cuadra y por ello fue también posada, era el único lugar del pueblo donde se
decía que los arrieros también llevaban a mujeres prostitutas para que ejerciesen
su trabajo en el pueblo, y sólo se servía vino de la Contraviesa (que llevaban
en pellejos los Reinosos de Ugíjar), coñac y aguardiente.
Era donde se amarraban a una reja el
mulo o el burro del agricultor que había llegado, había encontrado conversación
y el animal podía estar más de un día amarrado en aquella reja que en su gran
mayoría, el talante de aquel borracho era tan conocido que ni la mujer ni nadie
de la familia se atrevía a soltar el animal y llevárselo a la cuadra de la
casa.
Otro bar también importante por la época
en que le tocó fue el bar de Joaquín y Rosario, que además de tener una de las
primeras televisiones que llegaron a Benínar también en la primera planta se
montó la primera discoteca que tuvo aquel pueblo alpujarreño.
Joaquín y Rosario eran especiales, nadie
como ellos en el pueblo demostró tener la capacidad para desarrollar tal
trabajo.
Bueno, a mí también me toco ser
tabernero, pero en mi casa no había mostrador, pero sí que recuerdo en la pared
unas cuantas rayas marcadas con una navaja que hicieron un grupo de jóvenes de
Turón que llegaron una noche al pueblo. El tabernero era un adolescente y el
que servía los vasos de vino no podía aclarar aquellas explicaciones que
querían hacerle a los jóvenes benineros.
Hubo más bares, pero de ellos no me
acuerdo.
¿Cuéntame cómo era el negocio familiar?
Fui tendero durante mi niñez, adolescencia y parte de la juventud, hasta que me marché a la universidad. Durante tres, cerca de cuatro años en los que mi madre estuvo enferma yo era el que llevaba la tienda. Trabajaba las veinticuatro horas porque, aunque estuviese cerrada la puerta se podía llamar al picaporte para que el tendero despertase y acudiese al otro lado del mostrador.
Aquella tienda empezó vendiendo los
metros de tela que mi madre compraba en la calle Las Tiendas de Almería.
Fue aumentando en artículos en la misma
medida que Clemencia iba dejando de vender. La tienda de Doloricas fue durante
un tiempo la única que había en el pueblo, después apareció la de María
Fernández, la de mi tía Antonia y la que cerró el ciclo fue la de Joaquín y
Rosario.
El primer frigorífico que llegó al
pueblo iba destinado a la tienda. En el congelador mi madre preparaba en una
bandeja de aluminio con departamentos (que serían los polos) y que se le ponía
un palillo de dientes. Es una de las cosas que recuerdan la mayoría de los que tienen
mi edad, los polos que podían comprar a peseta.
Recuerdo que lo que más se vendía eran
los arenques (que llegaban en unas tinas de madera), después dichos arenques
con un papel de estraza se aplastaban con el quicio de una puerta para quitarle
las escamas. También el arroz y el azúcar.
Otro producto estrella era el bacalao
que se vendía sobre todo en cuaresma.
Todo se pesaba al principio en una
balanza de dos platos, en uno se ponía el producto y en el otro las pesas de kilo,
medio kilo, un cuarto u otras pequeñas.
A última hora comenzaron a llegar los
refrescos entre los que destacaba La Casera. Cuando alguien tenía una mala digestión
acudía a comprarse una Casera para eructar.
No se vendían ni frutas ni hortalizas.
Recuerdo a Anica “la de la Posada” que
no quería que lo que comprara se pusiese en papel de estraza, como por ejemplo
el arroz. Me decía “niño lo que pesa el papel me lo das de arroz”.
El papel de estraza representaba lo que
hoy son las bolsas de plástico. También ahí se iban anotando todas aquellas
personas que llegaban a la tienda a comprar fiado.
Por supuesto que llegaban mujeres
pidiendo arroz, garbanzos o lentejas y que cuando pusiesen las gallinas
liquidarían con los huevos que estaban por llegar.
Recuerdo a una beninerilla que la
mandaban a comprar e iba repitiendo por la calle “medio de arroz, cuarto de
azúcar, medio de bacalao” y al llegar a la puerta de la tienda comenzaba a
gritar: ¿Que me has dicho que compre…?
Al principio de la tienda la mercancía
llegaba con la Alsina hasta que se ahorró y se compró un motocarro.
La mejor clienta fue durante un tiempo
Antoñica “la Matías” ya que eran cerca de diez de familia, vivía a casi dos
kilómetros del pueblo, en la Barriada de las Casas y todas las semanas acudía a
comprar sólo una vez. Además, dicha pastora tampoco tenía una burra con
aguaderas para transportar todo lo que compraba. Una fiel pagadora que pagaba
con los quesos que ella fabricaba o con la venta de cabritillos o con sacos de
lana de las ovejas.
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| Puerta de la iglesia de Benínar por dentro. Autor Paco R. Maldonado Ruiz |
Tus recuerdos de la iglesia
Todos los santos que había en la iglesia estaban metidos en nichos menos la Virgen de Fátima.
Recuerdo ir de crio al encuentro de
dicha imagen que llegaba por la carretera de Darrícal en un coche que tenía
Antonio y que vivía en Almería capital.
La gente invadía toda la carretera (más
mujeres que hombres ya estos apenas frecuentaban la iglesia) pero sobre todo la
chiquillería dando voces y cantando lo que ya les habían enseñado las beatas o
en la escuela.
“El trece de mayo
la Virgen María
bajó de los cielos
a Coba de Iría.
Ave, Ave, Ave María,
Ave, Ave, Ave María…”
Dicha imagen la había comprado Emilia (la
que tenía una almazara en el Barrio Alto) y que uno de sus hijos,
Antonio, estudió la carrera de medicina.
El hijo que estaba enfermo era Pedro y
llevaba mucho tiempo, pero logró ponerse bueno en plena adolescencia.
No sé si sanó gracias a un milagro de la
Virgen de Fátima o que llegase a Benínar por primera vez la penicilina. Lo
cierto es que aquel adolescente le dio tiempo de ir también a estudiar fuera.
La Guerra Civil
Entramos en un terreno que muy pocas
veces los benineros han querido comentar. Caso parecido a hablar sobre las
razones de la emigración.
Historias que debía de poner entre
interrogaciones ya que nací más de una década después del conflicto.
Sé que en la iglesia del pueblo se
reunían los del comité. Que el cura que había en el pueblo huyó disfrazado de
mujer camino de Berja. Que una familia formada por unos cuantos hermanos se
tuvo que marchar del pueblo ya que fueron parte de los protagonistas en aquella
contienda.
Que tiraron a San Roque por el puente y
como es una escultura de madera fue flotando en el agua hasta que un paisano se
la encontró y la guardó hasta que terminó la guerra. Dicha ¿proeza?, quien la
hizo, se debía de haber escrito algo en la iglesia o en cualquier sitio
poniendo el nombre y apellidos de aquel paisano y sin embargo aquella persona
tiempo después pasó desapercibida. Puede que fuese decisión de él o que el
resto de los paisanos no le diesen la más mínima importancia.
Tremendo para mis abuelos Ramón y
Mamanona cuando llaman a la puerta y dicen que se llevaban a sus tres hijos
mayores al frente de batalla en la guerra.
Creo que las mayores anécdotas que siempre
contaba mi padre era lo vivido en la frontera del Ebro. Quizás fuese
el lugar más cruel de la guerra. Decía que menos mal que le había tocado el
servicio en dicho lugar estando en el lugar más alto y avisaba cada vez que se
divisaba la llegada de un avión. También decía que cuando se dejaba la ropa en
el suelo él veía como los piojos que estaban dentro del trapo lo desplazaban:
¡Andaban las camisas y los pañuelos! Creo que mi tío Manuel se lo llevaron a un
barco prisión que había en el puerto de Almería y mi tío Pepe, en una de las
ocasiones que se escapó se subió a un pino, se amarró con la correa al tronco y
allí permaneció tres días hasta que dejaron de buscarlo. Cada vez que pasaba la
patrulla debajo del pino escuchaba lo que decían aquellos soldados que lo
estaban buscando, aquellos comentarios nunca se le olvidó.
Otra cosa que me contaron de la guerra
era que mi tío Facundo que vivía en Granada era al que buscaban los benineros
desertores de la guerra para que les diese cobijo y a su vez estancia y comida
y por supuesto fuese su aval ante las autoridades para estar libres. No pongo
nombres por no saber cómo pueden reaccionar sus familiares. Posiblemente
aquellos que fueron acogidos por Facundo no podían volver a Benínar al estar el
pueblo en zona roja.
De aquella fecha seguro que salió el refrán
que solían decir las mujeres: “Si viene el lobo le doy el mulo y si vienen
hombres le enseño el culo”. Era el argumento que utilizaban las mujeres
cuando salían de madrugada solas para trabajar en el campo.
Yo me pregunto, ¿Si eso hicieron con el patrón del pueblo… cómo trataron a las demás imágenes? ¿Dichas imágenes fueron repuestas después de la guerra? ¿Quién las compró? ¿Cuál es la razón de reponer dichos santos y no otros?
No recuerdo más nada.
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| Mineros a principios del siglo XX. Lugar desconocido |
¿Recuerdas alguna historia relacionada
con el pasado minero del pueblo?
Una vez jubilado es cuando me he
interesado por el tema y he comprado aquellos libros que lo tratan. Que me
contasen algo de referencia, no recuerdo nada.
Si escuché muchas veces lo del pozo
Malacate pero nada en concreto.
Lo que pienso es que las mejores casas
que había en Benínar creo que fueron construidas como consecuencia de las
ganancias que aportaron el plomo, el esparto, su elaboración y las cenizas,
todo ello en el siglo XIX.
Lo que sí recuerdo en una ocasión es ir
con mi padre y otro paisano a una determinada cueva del término municipal
porque alguien había escuchado que cuando se marcharon los moros se fueron con
una mano atrás y otra delante y que sus pertenencias las dejaron escondidas en
las cuevas con la intención de volver por ellas. Como decía, fuimos los tres a
dicha cueva llenos de ilusión por lo que nos íbamos a encontrar y cuando
volvimos… volvíamos tristes, sin apenas decir nada por el camino.
¿Sabes
algún poema o canción que se cantara en Benínar?
“En Benínar no hay mozos porque se han
ido todos a Figo,
los tres de Barbarica, el de José Vargas
y Vicentillo”.
Cuando se limpiaba la uva en el almacén
de Antonio Fernández:
“El veinticinco de abril
no sabéis que sucedió
por el pueblo de Benínar
un aparato pasó,
y estaban haciendo roscos
en la casa de Angelina,
al escuchar el aparato
todas las niñas salían,
y Nica “la Posa”
que estaba cogiendo habas
se ha encontrado un papelillo
que era la feria de Cádiar”.
Creo que tiene dos himnos San Roque pero
ahora mismo no me acuerdo de ellos.
En Semana Santa se tenía que hablar lo
imprescindible y bajito. El Domingo de Resurrección “la Niña Carlota”, Lola
Ruiz y una catalana que era la mujer de Juanito “el del Puente” (el que llegó a
Benínar, se instaló en una casa de la calle Ancha y comenzó a fabricar radios. Recuerdo
estar a su vera cuando fabricó la que le encargo mi madre), que eran las
cantaoras más bien dotadas, seguro que se han llevado con ellas aquellas
canciones que se cantaban en concreto ese día.
En unas navidades recuerdo, estando de párroco don Francisco, siendo yo acólito, nos llevó a Antonio Blanco y a mí a visitar Málaga y Granada. Fuimos los primeros críos que vimos el mar por primera vez. El cura reunió a las mejores voces que había en el pueblo tanto de mujeres como de hombres y formó un “pedazo coro”, les enseñó nuevos villancicos, los subió a la tribuna (hombres y mujeres cuando aquel lugar estaba sólo reservado a los hombres) y desde entonces sabemos que había una voz impresionante que era Manuel “el Rubillo” que hacía la mayoría de los solos, junto a “la Niña Carlota”. No recuerdo la presencia de una zambomba, pero sí de panderetas, castañuelas y algún otro instrumento.
No recuerdo nunca haber escuchado cantar
unos trovos como siempre se han escuchado en Murtas y en Turón. Si recuerdo
haber escuchado tocar un acordeón a Pepe “el de la Plaza” y una guitarra o
mandurria a Frasquito “el de la Posada”. Creo que este último donde se ha
desquitado en tocar la guitarra ha sido en el asilo cuando después del pantano
se marcharon a vivir a Berja.
Unas cosillas quiero contar:
Yo escuche cantar a mi padre y la verdad
es que lo hacía muy bien pero nunca lo escuche cantar en el pueblo, en público.
Quien le iba a decir que su hijo cantase durante el tiempo de universidad en la
Coral de la Victoria en la catedral de Málaga y que después estuviese dentro de
un coro cantando durante veinticinco años. Lo que no disfrutó mi padre lo ha
disfrutado el hijo. Bueno, también me escuchó cantar en el coro y bailar
sevillanas. A mi madre se le caía la baba ver a su hijo en aquellas fiestas.
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| Benínar en 1983. Construcción del pantano. Archivo Diputación de Almería |
Cuando
oíste por primera vez que se iba hacer un pantano en Benínar. ¿Qué sentiste al
ver la primera excavadora?
No es lo mismo escuchar que se va a
construir un pantano y que tu pueblo desaparecerá del mapa cuando se tiene
veinte años a cuando ya se cumplieron los sesenta.
Cuando empiezan los sondeos los
benineros se dieron cuenta que aquello de la construcción del pantano iba en
serio.
Hubo reacciones por edades:
+Los de treinta años para abajo les
decían a los padres:
“Con el dinero que nos den me compras un
coche, una moto y con lo que nos sobre nos compramos una casa en Berja o en El
Ejido. De trabajar en invernaderos será si no sale otra cosa”.
A todos los del pueblo (es un decir ya
que eran muy pocos los que dormían y vivían del campo) se les ofreció una casa
y un invernadero que tan solo dicha propuesta la aceptaron ¿cinco familias?
Por aquel tiempo se decía que se había
construido un pueblo en el Poniente de Almería para acoger a todos los
benineros por lo del pantano.
+Los que tenían más de treinta,
cuarenta… sesenta, de alguna forma soñaban con una paguita por jubilación (este
es un tema que se puede desarrollar: el cómo llegan los benineros a cobrar una
paguita de jubilados cuando apenas sí habían cotizado a la Seguridad Social
como autónomos). El vivir en una población desde Almería hasta Berja, en
cualquiera de ellas seguro que se lo iban a pasar mejor que metidos en aquel
pueblo que ya estaba sin juventud.
El problemón les llegó a todas aquellas
personas mayores que se defendían perfectamente en la casa donde habían nacido,
donde se habían criado y les obligaban a marcharse del pueblo. Personas que no
tenían familia y estaban atendidas por sus vecinas como si fueran sus hijos.
Personas que llegar a casa donde vivían sus hijos era vivir en un sitio donde
te podía atropellar un coche, que se escuchaban ruidos extraños, que no se
sabían de donde venían, que era pasar el día entero sentados en el salón viendo
la televisión. El ir cuando les apetecía al campo y traer una espuerta de hierba
para los conejos, el sentarse a la sombra con unas cuantas vecinas y hacer
punto, coser o sentarse y charlar, eso también se lo llevaba la construcción
del pantano.
Desde que empiezan los sondeos hasta los
tres años de barrenos para obtener las piedras para la construcción de la
presa, en ese tiempo aproximadamente cinco años, las estadísticas reflejaban
que habían muerto casi todos los ancianos de Benínar.
Al ver las personas mayores como iba
desapareciendo la vega, las acequias, todos los árboles, que sólo estaban las
casas rodeadas de una planicie que habían construido las máquinas, incluso los
cerros ya no eran los mismos, los sentidos les estaban diciendo que aquello era
el fin del mundo y por lo tanto que ya les había llegado su hora. Se lo decían
sus oídos por aquellas explosiones y el ruido de las máquinas, se lo decían sus
ojos al ver como una casa sí y la otra también allí ya no vivía nadie, que sus
vecinos se habían marchado. Había desaparecido la tienda, el bar, apenas se
encontraban con nadie cada vez que salían de casa y además sus vecinos abrían
las manos en expresión de que aquello había terminado. O te marchas o mueres
ahogado. Nadie explicaba nada.
Qué difícil es aceptar que el tiempo se
agota y que la única solución que te queda es la muerte por culpa de aquellos
que habían llegado de fuera y todo tu entorno lo están destruyendo (sin
argumentos convincentes), hasta que llegue el momento que tirarán tu casa con
ella o él dentro. De día no se podía dormir por el ruido de los barrenos y las
máquinas y de noche tampoco al plantearse ¿Dónde me voy a vivir y con quién?
El vivir fuera y acudir por las fiestas
al pueblo, cuando se llegaba al Collado y se contemplaba aquel panorama,
aquello era desolador y además ni se encontraban palabras ni tampoco las escuchabas
que argumentasen aquel desastre. Supongo que cada beninero habrá vivido de
forma distinta la transformación de aquel entorno donde has nacido, te has
criado y has pasado la niñez, la adolescencia y la juventud.
Con el paso del tiempo y ver que aquel
esfuerzo, aquel sufrimiento de los benineros no ha servido para nada. Ver que
el pantano sólo se ha llenado una sola vez y que el aporte de agua lo puede dar
una desalinizadora, es decir que el pantano o la presa de Benínar no tiene
razón de ser con el paso del tiempo, esa conclusión es tan desoladora como
cuando contemplamos el charco de agua desde el Cerro de Las Viñuelas.
Si desolador es analizar la actuación de
la mayoría de los paisanos cuando llegan las indemnizaciones, casi tiene el mismo
valor sentimental de pena, vivir la reacción de los habitantes de pueblos
limítrofes y de los regantes que regaron, siguen regando y regarán que se
hicieron sordos, que no han llegado a pensar una miaja por lo que pasaron y
siguen pasando los benineros, por la construcción de la presa de Benínar.
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| Benínar en su cénit |
Tu último recuerdo del pueblo
Envidio a los de Darrícal, Turón o Murtas, porque pueden caminar por las calles donde vivieron ellos, sus abuelos y sus ancestros. Porque pueden entrar en su casa y vivir dentro de ellas todos aquellos recuerdos buenos y malos. Qué más da si son buenos o son malos, es donde está la historia cosida con la de sus padres y sus ancestros.
Algunos españoles aún no han sido
capaces de superar lo ocurrido en la Guerra Civil por la sinrazón de muerte y
destrucción que es una guerra.
Lo mismo me encuentro yo de ánimos por
la destrucción de mi pueblo y porque mis abuelos (no solo están ellos, también
personas entrañables que forman parte de mi vida) están enterrados dentro del
pantano y que el remedio que encontraron fue poner una losa de hormigón que con
el paso del tiempo está rota y llena de grietas.
Tiene que llegar esa generación que ponga una gran
piedra o muchas lápidas donde en cada una de ellas esté grabada el nombre de
todos los benineros que la decisión de uno o unos cuantos los condenaron a
estar en una tumba indigna.
Eso es todo.
Entrevista realizada en junio de 2017.
Los años pasan sin darnos cuenta,
el sentimiento es que el tiempo se acelera y corre más deprisa. El mío es que
queda mucho trabajo por hacer, mucho por escribir y cada vez somos menos los
que pudimos disfrutar de aquel pueblo y contar lo que vivimos. Si tú, querido
lector, quieres compartir tu historia escríbeme a indaloxes@gmail.com , nos pondremos en
contacto y salvaremos otro trocito de la memoria de Benínar.
Saludos Benínar.











Después de la sobremesa de domingo, y de haberse marchado a su casa mis cuatro jóvenes, María ha subido como cada tarde a levantar a su madre de 95 años, de la " mig diada" como se le llama a la siesta por estos " lares", y justo cuando yo acababa de coger el sueño...un poco tardío, un trueno me ha despertado y obligado a quitar los toldos y bajar persianas...
ResponderEliminarEl mobil, al que casi inconscientemente le he echado una ojeada, me ha terminao de espabilar al ver una publicación nueva en Plaza de Benínar.
La cosa promete, he pensado al ver los nombres de los dos " Pacos Maldonados" y la verdad es que no me han decepcionado.
La biografía del protagonista, aunque sin tantos detalles, interesantísimos sobre sus progenitores y demás familiares, la conocía, como cualquiera de nuestra edad, aunque habiéndome perdido la parte posterior al año 1967 en que un servidor emigró, como casi toda mi familia a "Barcelona".
Las historias contadas por el protagonista; las vividas por él y las escuchadas a los mayores son muy interesantes. Interesantísimas, pero todo lo relacionado con el pantano, y por consiguiente con la desaparición de nuestro Benínar, merecería una contestación aparte.
Es desgarrador el modo en que Paco ha contado aquellos años de desazón e incertidumbre que debísteis, y debieron pasar nuestros mayores. Los que estábamos lejos también, pero muchísimo menos que los que sufrísteis o lo sufrieron " in situ", por aquello de que ojos que no ven... aunque el nudo en la garganta que he cogido esta tarde, indica que la añoranza de unos y de otros, estamos condenados a arrastrarla mientras vivamos.
Felicidades al narrador, y al escritor.
Aquí, la tormenta ha quedado en nada. Ya se sabe que "nunca llueve como truena", como se decía en nuestro querido pueblo.
Enhorabuena para el entrevistado y entrevistador. Gracias por compartir con nosotros un poco de vuestra memoria personal de Benínar.
ResponderEliminarDe agradecer este relato Paco Ramón, describes tu casa y es como si estuviera allí sentado con tus padres en una velada de verano.
ResponderEliminarMi padre, que en paz descanse, os tenía mucho cariño a Faustino y a tí, y siempre se refería a vosotros, y trataba con el cariño, de familia que sois.
Con respecto a Beninar, pues desgraciadamente se muere, cuando mi generación termine sus días, y nuestros huesos reposen en Cintas, solo quedará el recuerdo escrito de lo que fué un pueblo sepultado por las aguas de un pantano y por el progreso..
Nuestros hijos pertenecen a otras comunidades y costumbres muy distintas de donde nacieron sus padres.
Recibe un abrazo
Juan José Maldonado Calvache.
¿Emigrar, migrar (como ahora se dice) o exilio? No sabría definirme por un vocablo u otro. Simplemente pienso que cada cual se exprese como lo sienta.
ResponderEliminarEn mi caso fue como un bautismo, no fue mía la decisión de emigrar - tan solo contaba tres años- sin embargo ¡es tan fuerte el arraigo familiar que tenía y tengo con Benínar! que, como el amor, este nunca desaparece del todo. Siempre quedan los recuerdos inscrustados en el pensamiento para caminar soñando y mejorar los recuerdos.
Con los años, los sentimientos envejecen unidos a tu personalidad, aposentan la nostalgia y afianzan el arraigo para, simplemente, seguir viviendo.