Ambos vivimos en Granada, a unos kilómetros de distancia en línea recta y tuvo que ser la Asociación Plaza de Benínar la que nos presentara. En aquel momento estaba investigando su historia familiar, la de la familia Sánchez Quero para publicarla en la revista Farua, y proverbial fue su interés ya que me aportó conocimientos y material para terminarla.
Juan es nieto de Juan
Sánchez Quero, el médico que cuidó y curó a nuestros abuelos en Benínar.
Esta entrevista se
realizó el 18 de septiembre de 2012, algo ha llovido desde entonces, hoy, día
de todos los santos empiezo a redactarla terminándola el 28. La falta de tiempo
libre ha dilatado su preparación y publicación.
“Nací en Los Gallardos un
27 de diciembre de 1937 y mi relación con Benínar era porque mi tía Araceli
vivía allí.
Como he dicho, nací en
Los Gallardos pero estoy bautizado en Benínar, esto es así porque al nacer en
1937, en plena Guerra Civil, mi padre, que se las daba de beato, me bautizó él
por su cuenta y riesgo pero como tenía la duda de si lo hizo bien o mal, lo
consultó con el cura que había entonces en Benínar y al final decidieron
bautizarme en la iglesia de Benínar con el nombre de Juan José Aureliano, dos
años después de haber nacido.
En tiempo de la Guerra Civil
mi tía amparó en su casa a un cura que vino de América, que fue misionero o
algo así, allí estaban los libros de la iglesia[1].
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| Año 1942 |
[1] Gracias
a este hecho los libros parroquiales de la iglesia de Benínar no fueron
quemados.
Araceli era soltera y mujer
muy beata, tanto que la parte de arriba de la casa la donó a la iglesia. Al final
se fue con mi hermana y falleció en Vitoria, donde está enterrada.
Paco, recuerdo a tu
abuelo, el ebanista, que vivía en una casa al lado de la ermita. Me llamaba la
atención eso de la carpintería. También había otro carpintero enfrente de la
casa de Rosario “la de la leche”.
¿Cuáles son los recuerdos
más antiguos que conservas del pueblo?
“El recuerdo más antiguo
que tengo de Benínar fue siendo muy niño, cuando murió el abuelo de Juan
Sánchez Fernández, que vivía cerca de tu pariente Aurelio, era un niño muy
curioso y no se me ocurrió otra cosa que meterme en el velatorio, cuando llegó
la noche pasé mucho miedo. Otro fue cuando falleció el padre de Juan Fernández
Campoy, el que fue alcalde del pueblo”.
¿Cómo era la casa de tu
tía?
“Cuando iba a Benínar
paraba en casa de mi tía Araceli, la llamaban la señorita Araceli. Al entrar
había dos habitaciones, una a la izquierda y la de la derecha era el despacho
que mi abuelo Juan Sánchez Quero donde tenía un par de vitrinas con bisturí,
tubos de ensayo, un microscopio que por cierto, se lo regaló mi tía a Antonio
“el de Emilia”, así como una caja que contenía huesos de un esqueleto, en la
frente de la calavera tenía un nombre. A esa calavera le metían una vela dentro
y me asustaban cuando era pequeño, y es que era la piel del diablo y no sabían
cómo controlarme. Después había un comedor, un cuartito pequeño y el patio
donde había parras. En ese patio tomábamos la merienda y el sol en invierno.
Por un pasillo se iba a la cocina, era amplia, con un fogón donde nos
calentábamos en invierno. En el horno se cocía pan cada 15 días, mi tía me
mandaba a casa de las vecinas a por “la reciente” (Clemencia, “la de Pepe el de
Carpo”, Rosario “la de Paco Ginebra” o Lola Ruiz). Al lado de la cocina había
una cámara con atrojes donde se almacenaba la almendra, la aceituna cuando se
recogía (se ponía al rojo vivo y perdía calidad) y pajar, debajo estaba la
cuadra con la burra. Había cinco paratas con naranjos, parras, manzanos, peral,
dos naranjos dulces, al final del último bancal había un granado que estaba tan
torcido que lo usábamos de puente para cruzar el barranquillo que venía del
Barrio Alto e ir a las Lomillas, donde mi padre tenía una finca con una higuera
de higos de cuello de paloma, por el barranquillo circulaba la jámila
(alpechín) cuando molía la almazara.
La casa tenía tres
dormitorios, dos arriba y uno abajo donde durante una temporada lo estuvo
usando mi tío abuelo Facundo, no sé por qué, pero allí estuvo viviendo. En el
corral de las gallinas, que estaba saliendo al patio a mano izquierda, había un
chambao con un agujero y las gallinas se encargaban de limpiar los despojos,
también había una puerta que conducía a la balsa de Pepe Pérez que era donde
estaba el alambique, de allí cogíamos agua para fregar el suelo y para el
jardín o huerto.
Ese alambique lo veía
cada vez que vaciaban la balsa para limpiarla de fango y veía a Pepe hacer el
aguardiente que vendía en el despacho que tenía en su casa, en el mismo lugar
donde tiempo después se compraban las alcaparras.
Durante una temporada fui
al colegio de niños que estaba en la plaza, tenía seis años, el maestro era don
Antonio González. Había en la clase una ventanilla por donde entraba el sol, yo
tenía un trozo de espejo con el que jugaba hasta que un día encandilé al
maestro, me arreó con la palmeta en la mano, me dio tal coraje que le tiré un
pedazo de pan que tenía guardado en el bolsillo y salí corriendo.
Después, estando en la
Alquería iba a la escuela con mi padre, también estuve en el colegio de Adra
pero con otro maestro, don Antonio Ariza, en una casona muy grande que estaba
al lado de la torre donde hacían los perdigones, en la tercera planta estaba la
escuela. Mi padre estuvo de maestro en la Alquería, Los Gallardos, Adra y
Málaga.
Ya de mayor me buscó un
trabajo de profesor, fue de sustituto de un maestro en la escuela que había al
lado del campo de fútbol antiguo en Adra.
A Benínar iba en verano, Navidad
y Semana Santa. En verano iba a bañarme a la balsa de los Cazarones que estaba
debajo de la Mecila, recuerdo cuando con algún amigo íbamos a robar melones y
por las noches nos reuníamos en el Reduto. Mis amigos eran Paco Ruiz “el
maestro”, Antonio “el de Gonzalo”, Pepe “el de Julia”, Federico Arcos, el hijo
de Pepe “el de Carpo” que fue Guardia Civil… Con Antonio “el de Emilia” nos
íbamos a buscar cigarrones por los cerros para dárselos a las tórtolas y
perdices que tenía en su terraza. También tenía una escopeta de aire comprimido
que lanzaba balines con pelillos en la parte de atrás, ponía de diana una piel
de borrego, al disparar el balín se quedaba atranca en los pelos de la piel y
se recuperaba para volver a usarlo.
Hacíamos travesuras
típicas de la edad, recuerdo en la parte de abajo del Barrio Alto, al lado de
la carretera aparcaban los coches y camiones. Un día llegó un camión y me
entretuve en vaciarle una rueda y como allí había tantos talleres… no sé cómo
se las arreglaría el hombre para inflarla. También me gustaba engancharme en
los camiones cuando iban para el Collao.
En navidades se cantaban
villancicos y había numerosos actos religiosos. Isabel “la de Antonio el Nene”
cantaba unos villancicos que me gustaban mucho e iba acompañada por unos
platillos que tocaba “el rubillo”, abuelo de Encarna y María que viven el
Barcelona. Se subían al coro de la iglesia a cantar”.
¿Y del cementerio que
había al lado de la iglesia, qué recuerdas?
“Pues otra fechoría. Un
día me hicieron unas palomitas de papel para jugar, Kiko me las quitó y se las
llevó al cementerio que había al lado de la iglesia y las echó dentro de un
nicho. Gateando me metí dentro del nicho y cogí las palomitas, allí había
huesos por todas partes. Tiempo después lo arreglaron y pusieron parras”.
¿Y de las fiestas, qué
recuerdas Juan?
“Sobre todo las de Semana
Santa porque me metía en la rueda de “las caras y las cruces”. En la puerta del
Sol se hacía un círculo de gente y se jugaba a Cara y Cruz con unas monedas de
cobre de Alfonso XIII, allí se jugaba uno el dinero y siempre perdía las cuatro
gordas que tenía.
De las fiestas siempre
tendré el recuerdo del helado de avellana. Se hacían tres o cuatro quioscos en
la plaza, uno de estos lo ponían en la parte que daba a la cárcel que la usaban
para guardar las barras de hielo envueltas en paja, otro en la puerta de la
escuela y otro al fondo a la derecha en la casa de María “la pulía” creo que se
llamaba, cerca de donde vivía Teresa “la de la plaza”.
En unas fiestas fue un
ilusionista, en su espectáculo me sacó y me hizo dormir, el creía que estaba
dormido pero no, estuve haciendo el paripé de que yo hacía lo que él quería, le
seguía la corriente”.
¿Y del agua qué me puedes
contar?
“El agua, tema fundamental
en Benínar. Siempre me tocaba ir por el agua de beber a la Cañaroa o Viñuelas
con la burra, alguna vez también fui a la fuente del Cejor. Para dar de beber a
los animales iba a la fuente del Murallón que tenía un buen caño y manaba mucho
más que las otras.
Recuerdo el día que vi mi
primer desnudo, tenía 12 o 13 años, allá por los años 1949 o 1950, iba de
regreso con la burra y los cántaros llenos de la Cañaroa y se me ocurrió
asomarme al brocal del río, en la cueva de la fuentecilla de la Virgen había
una gitana completamente desnuda, aquello me impresionó, era inocente en
aquellos tiempos (risas)”.
¿Estuviste en muchas
matanzas?
“Ufff, en muchas. Eran
todo un ritual. En el patio de la casa de mi tía se mataba el marrano y pelaba.
Al principio le cogía del rabo, cuando me hice un poco mayor ya cogía la pata
(risas). Abajo había una habitación que daba a la despensa, era muy fresca, que
después la utilizó el cura como entrada, se colgaba al marrano por medio de la
camal. El fuego encendido con la caldera de las morcillas que una vez cocidas
las sacaban las mujeres para que se orearan. Lo mejor era la fritá de la
asadura, el puchero…”.
¿Se hacía pan?
“Cada quince días. Lo
hacía mi tía o mi madre. El horno estaba al fondo de la cocina, en la parte de
arriba tenía una ventana con reja. Había en la casa dos artesas, una pequeña
que siempre había estado allí y otra grande que compró mi padre de segunda mano
en Adra. Yo era el encargado de pedir la reciente a las vecinas”.
¿Qué tiendas recuerdas?
“La de Doloricas, la de
los padres de Paco Ramón, la de Clemencia en la carretera, que era donde paraba
la Alsina y la de Julia, de Pepe Fernández Campoy que tenía un camión. Iba a
comprar principalmente a esta última que estaba al lado del estanco.
En el estanco se vendía
además de tabaco, alcohol, vino… todo vicio (risas). Pepe era el estanquero,
que iba a Berja con una bestia por el tabaco, después se lo traía la Alsina.
En el estanco pillé mi
primera borrachera, fue en las navidades del año 1958. Me fui voluntario al
ejército y a los diez días de estar allí me dieron quince de permiso, me fui al
pueblo y estuve alternando con los de allí, que le pegaban bien al anís y ¡No
veas que borrachera, fue tremenda!
El tabaco que fumaba se
llamaba Peninsulares, eran los más baratos. Un verano, tendría unos 19 años y
estaba sin un duro, así que preparé una carga de tomates del huerto de mi tía,
de madrugada los metí en los capachos y me fui con la burra a Berja a
venderlos. En los soportales de la plaza dejé los capachos y la burra la llevé
a una posada que había al lado, me dieron 7 u 8 pesetas por los tomates que me
los gasté en Peninsulares. A día de hoy llevo siete años sin fumar, eso que he
ganado”.
¿Recuerdas las almazaras
y molinos?
“La de arriba de Pedro “el
de Emilia” y la de debajo de Juan Ruiz, la que estaba cerca de la Ramblilla. En
el Reduto no podías estar porque te quedabas helado, la solución era ir a
calentarse a la caldera de la almazara, se pasaba bien, era un refugio para la
juventud.
Más de una vez mi tía me
hizo llevar un costal de trigo con la burra al molino del puente, tenía trigo y
cuando necesitaba harina la llevaba a moler. La dejaba allí y después iba a
recoger la molienda”.
¿Cómo fue tu vida fuera
de Benínar?
“En 1950, con trece años
mi padre me mandó al seminario de Granada, en la Placeta de Gracia, estuve
cuatro años y pico, me salí porque quería ir a los Padres Blancos a África pero
mi madre no me dejó y mi vida conventual se echó por tierra. En el verano del
57 fui a Madrid, a Cuatro Vientos, a ingresar en la Escuela de Especialistas de
Electrónica donde daban cursos de radiotelegrafista. Estuve treinta años en el
ejército, los últimos 16 en la base de Torrejón de Ardoz, mi trabajo fue
mecánico de electrónica, estuve trabajando con el avión Phantom. En 1997 me
vine a Granada, me hice una casa en Armilla y aquí estoy.
Para terminar, ¿Cómo
sentiste la desaparición de Benínar?
“Antes estaba alejado del
pueblo y de la gente y no tenía tanta nostalgia, ahora al estar conectados con
todos vosotros, los de la Asociación Plaza de Benínar, bastante ya que han
vuelto a mi memoria los recuerdos de mi niñez”.
Saludos Benínar.






Enhorabuena buena Juan por tu historia.
ResponderEliminarYo siempre lo digo: con lo pequeño que era Beninar y cada benineros tenía su historia.
Al leer tu historia me has hecho recordar muchas otras cosas.
Enhorabuena al entrevistado y al entrevistador, por hacernos recordar con las vivencias de Juan tantísimas cosas, lugares y personas muy queridas de nuestro pueblo.
ResponderEliminarJuan, entre tantos temas, me quedo con tu tía Araceli, que seguro está en la Gloria, y que al final fué TITA para muchas personas del pueblo. Su bondad y generosidad eran inmensas.
Fuí uno de los afortunados en conocer su casa y huerto de memoria, incluido el despacho con las vitrinas llenas de aquel instrumental médico que imponía respeto al verlo.
También es una gozada conocer tu biografía, y de paso, los destinos de tu padre.
Sabes que habéis sido una familia muy importante en nuestro pueblo, y muy queridos y respetados por todos.
Felicidades nuevamente a tí y a Paco Maldonado Calvache, y muchas gracias por compartir tus recuerdos y vivencias con todos.
Un abrazo Juan!!
Excelente entrevista por la que no pasa el tiempo. Pasamos nosotros recreándonos con los personajes que aparecen en las fotografías y el texto que los realza. Personas vivas o fallecidas que han dado valor y carisma a la historia del pueblo y deberían continuar dando su pequeña y gran visión de cuanto recuerden. Como en "Casablanca" este puede ser el principio de una gran redacción aubiográfica para que los jóvenes que no bebieron en las mismas fuentes que bebimos nosotros, sepan que el agua de Benínar tenía algo de milagrosa porque bautizaron a personas que nos pueden enseñar más que muchos whatsapp.
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