¿Quién no tiene en su
casa una máquina de escribir? Pocos pueden levantar la mano, los demás seguro
que nos ponemos a recordar dónde la tenemos guardada.
Hubo un tiempo en el que
se escribía a mano, en una cuartilla o folio con a un lápiz, pluma o bolígrafo.
Así se plasmaban las ideas que, con sus correspondientes tachones, iban tomando
la forma y el sentido deseado. Pero como no todos habían aprendido a escribir
con los cuadernillos Rubio, para evitar la mala caligrafía y, por consiguiente,
la errónea lectura o interpretación de lo escrito, se fue imponiendo en la
administración y empresas la máquina de escribir.
Fue un invento con muchos
padres, cada inventor aplicaba su idea y poco a poco fue desarrollándose hasta
llegar al estándar que conocemos. Su importancia ha sido enorme, una oficina no
era tal si no se escuchaba su cliqueo. Todos recordamos alguna película de
época con el peculiar sonido de fondo en alguna escena.
Se creó un negocio a su
alrededor, se vendían máquinas como churros y miles de academias donde te
enseñaban a escribir sin mirar teclado y alcanzando 250 pulsaciones por minuto,
al terminar el curso te entregaban un diploma que muchos colgaban en el salón
de sus casas.
Su final vino de la mano
de los procesadores de texto y ordenadores. La tecnología evoluciona y nos
simplifica el trabajo.
Esta historia comienza a
finales de 1948, Luis Fernández Arcos, que hacía pocos meses había sido
nombrado secretario interino del ayuntamiento de Benínar, solicita al alcalde,
Francisco Baños Moral, “de la
necesidad imperiosa de adquirir una máquina de escribir por la secretaría del
ayuntamiento, porque con ella quedaría reducida en parte el ímprobo trabajo que
sobre el secretario pesa por los múltiples servicios que hoy pesan sobre la
secretaría y la falta de personal”.
A finales de octubre se ponen en contacto con el delegado de Hispano
Olivetti en Almería para informarse de los modelos que hay en el mercado y los
precios. Se encarga una junto a una mesa y esterilla.
En enero de 1949 llega la máquina al pueblo, puedo imaginar la cara de
satisfacción del secretario y el corrillo que se forma a su derredor al pulsar
las primeras teclas.
La máquina costó a los benineros 4.800 ptas, la mesa 193 ptas y la
esterilla 25 ptas. Imagino que se vendería con una cinta incluida ya que no se
especifica en la factura.
En ese año Antonio Victoria Sánchez estuvo arreglando un tramo de la
carretera que iba a Darrícal, cobró de jornal 15 ptas al día. Si Antonio
hubiera querido comprar una, habría tenido que trabajar 320 días, así os podéis
hacer una idea de lo cara que era o lo mal que se pagaba el jornal (o las dos
cosas).
Me hubiera gustado acompañar este artículo con una foto de la máquina
de escribir. No sé si aún existe, si está olvidada en algún rincón o acabó sus
días en la Ramblilla. Si alguien lo sabe o tiene una foto se lo agradecería
enormemente ya que por sus rodillos se escribió parte de nuestra historia.
Saludos Benínar.


Carísima!!
ResponderEliminar4,800pts de 1949!!
Nunca la ví en el ayuntamiento. Me colé un par de veces junto a otros niños, cuando el día de la "zorra" por la mañana hacían el convite con las chicas que habían bordado las cintas.
Tocaba la banda, y se comían dulces de las "arquillas"; unos serían comprados, y otros cedidos como "impuesto" por la venta.
Gracias Paco, porque estos pequeños detalles "engordan" o hacen más grande la historia de Benínar.
ResponderEliminarSaludos.
Un gran invento que empecé a teclear con 10 años mientras hacía Comercio y más tarde me sirvió para obtener plaza fija en la Administración pública con una Olivetti lettera 32 que conservé durante años.
ResponderEliminarY con otra parecida a la que describes, un puesto en Armamento durante mi destino militar en Talarn (Lérida). Son máquinas a las que tengo gran aprecio por la utilidad que me prestaron.
Nunca pude ver esa máquina en concreto, que comenta mi hermano Paco, en este interesante artículo, entre otras cosas por ser niños y pequeños cuando desaparece el pueblo.
ResponderEliminarHoy en día no es barato, pero si simple de llevar un pequeño portátil Apple de apenas 13 pulgadas y fino como un Iphone y una impresora de tinta portátil pequeña.
Con respecto a Benínar, sobre los años 60/70 de pasado siglo, recuerdo que mi padre Juan Maldonado, tenía una Olivetti Estudio 46, siempre metida en el maletero del SEAT 850, y en el pueblo no era raro verlo por aquellas estrechas calles empinadas, con el maletín de la máquina de escribir en la mano, visitando a los abuelos del pueblo, rellenando los papeles de la jubilación o los papeles del pantano, inventariando las pertenencias a golpe de teclado, se podía tirar una tarde entera de visita con la familia.
El pantano trajo muchísima burocracia al pueblo, y cada uno ayudaba en lo que podía.
Eran otros tiempos, la tecnología no entraba en los hogares como ahora lo hace. Si mi hermano y yo queríamos ver la tele te tenías que ir a casa de Paco Ramón de soltero, y estar con su madre y su hermana charlando.
Si una tele era un artículo de lujo no digamos una máquina de escribir en el pueblo, cuando se compro sería un revuelo en el pueblo en torno a su funcionamiento.